Mientras aprendía a vivir, mataba el tiempo recordando. Rememorando la vieja canción escondida entre penumbras, que en un momento como este, impugnaba al viento (tan impávido como siempre) con su rutilante color. No lo entendía, nunca lo entendió, ni pretendía hacerlo. Los miraba con esa pseudo filantropía, que no sería capaz de mantener durante más tiempo; el acto recordatorio continuaba con esa insípida lágrima que caía de vez en mes por su mejilla, y daba paso a seguir rememorando cuanta cosa se le viniera a la mente, que sé yo: aquel helado de cada tarde del miércoles, horas mirando el sol (que no siempre era sol, pero que más da), el escueto pasto azul de esa plaza que le hacía cosquillas, dispuesto a recibirla a la hora en que el tiempo allí la llevara. Esas salidas dominicales con su padre a "quién sabe donde", que no hacían más que llenarla de nostalgia y de recuerdos, como si de un momento a otro, sin ninguna mínima advertencia de peligro, todo el pasado se le viniera encima, otra vez. La voz de Fulanito de tal, su voz, como olvidar esa voz. La idea desenfrenada de permitirse sentir, pero no hablo de ese sentir por sentir, sino de ese sentir así tal cual, con todas sus letras. Su amigo, ese que la hacía serpentear de alegría, de esa alegría que sólo conocen los que de verdad han estado alegres, y no sé, ni te explico. Ese par de mentecatos que solían sacarle sonrisitas (una que otra vez). Las tardes de nada, que lo eran absolutamente todo. Y ahora, en momentos como este, no le quedaba más que sumirse en algo de melomanía para acompañar la soledad, que por cierto, no le desagradaba; mirar las nubes, que a veces la dejaban volar junto a ellas, mirarlas y recordar. Nada más se puede hacer cuando no hay ni helado, ni sol, ni pasto azul, ni Fulanito de tal, ni ideas desenfrenadas, y menos aún, amigo que la haga serpentear de alegría. Sólo quedan unas cuantas salidas con Oscar (que es su padre), un pasto verde que algunas veces la viene a visitar, una que otra idea loca que la hace soñar, y esa canción, esa vieja canción que escucha en aquellas tardes de nada, que por supuesto ya no lo son todo.
martes, 17 de marzo de 2009
Mientras aprendía a vivir, mataba el tiempo recordando. Rememorando la vieja canción escondida entre penumbras, que en un momento como este, impugnaba al viento (tan impávido como siempre) con su rutilante color. No lo entendía, nunca lo entendió, ni pretendía hacerlo. Los miraba con esa pseudo filantropía, que no sería capaz de mantener durante más tiempo; el acto recordatorio continuaba con esa insípida lágrima que caía de vez en mes por su mejilla, y daba paso a seguir rememorando cuanta cosa se le viniera a la mente, que sé yo: aquel helado de cada tarde del miércoles, horas mirando el sol (que no siempre era sol, pero que más da), el escueto pasto azul de esa plaza que le hacía cosquillas, dispuesto a recibirla a la hora en que el tiempo allí la llevara. Esas salidas dominicales con su padre a "quién sabe donde", que no hacían más que llenarla de nostalgia y de recuerdos, como si de un momento a otro, sin ninguna mínima advertencia de peligro, todo el pasado se le viniera encima, otra vez. La voz de Fulanito de tal, su voz, como olvidar esa voz. La idea desenfrenada de permitirse sentir, pero no hablo de ese sentir por sentir, sino de ese sentir así tal cual, con todas sus letras. Su amigo, ese que la hacía serpentear de alegría, de esa alegría que sólo conocen los que de verdad han estado alegres, y no sé, ni te explico. Ese par de mentecatos que solían sacarle sonrisitas (una que otra vez). Las tardes de nada, que lo eran absolutamente todo. Y ahora, en momentos como este, no le quedaba más que sumirse en algo de melomanía para acompañar la soledad, que por cierto, no le desagradaba; mirar las nubes, que a veces la dejaban volar junto a ellas, mirarlas y recordar. Nada más se puede hacer cuando no hay ni helado, ni sol, ni pasto azul, ni Fulanito de tal, ni ideas desenfrenadas, y menos aún, amigo que la haga serpentear de alegría. Sólo quedan unas cuantas salidas con Oscar (que es su padre), un pasto verde que algunas veces la viene a visitar, una que otra idea loca que la hace soñar, y esa canción, esa vieja canción que escucha en aquellas tardes de nada, que por supuesto ya no lo son todo.
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